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Publicado originalmente en Miradas al Sur del 8 de Marzo de 2015

Colonialismo e imperialismo “inventaron” a América latina a la medida de sus intereses geoeconómicos y geopolíticos, como una dimensión de sus competencias intercoloniales y más tarde interimperialistas. Como no podía ser de otra manera, los pueblos de América latina y el Caribe la reinventaron como Patria Grande, a partir de sus luchas de más doscientos años por la emancipación nacional y social.


Bien miradas las cosas, “inventar” es una palabra que resulta tramposa cuando analizamos procesos colectivos, porque da idea de algo que surge de la nada o de la cabeza inspirada de algún individuo más o menos talentoso. La “invención” colonialista e imperialista de América latina consistió en la incorporación forzosa de la región a la expansión transoceánica del capitalismo. Se inspiró en la codicia y se efectivizó a golpe de cañón y de crucifijo. La superioridad de las armas  y una astucia típicamente renacentista, abonaron con sangre americana –pero también hispana, portuguesa y africana– el terreno sobre el que se edificaron los grandes imperios coloniales de occidente. “América latina” surgió así como una imposición a partir de un hecho de violencia –la chingada, la madre violada sobre la que Octavio Paz, en tiempos en que aún miraba hacia adelante, escribió páginas de fuerza y belleza insuperables–; como espacio para el expolio y la dominación. Las buenas almas que desde dentro del orbe colonial intentaron  moderar las aristas más innobles del experimento no pudieron, ni hubieran podido, superar los bordes del mismo: la servidumbre de los pueblos originarios y, más tarde, la importación de esclavos africanos (por los trabajadores “indentados” chinos que llegaron mucho después nadie se preocupó; habrían de convertirse en los antecesores de los obreros siervos de los talleres clandestinos de la industria y la agroexportación del capitalismo global de nuestros días.


Esta invención “desde arriba” creó las condiciones para que las luchas por las independencias nacionales se vivieran como parte de un mismo proceso emancipatorio regional; el carácter transfronterizo de las grandes empresas militares sudamericanas fortalecieron la conciencia de una unidad “desde abajo” en la consecución del objetivo común. Creación de intelectuales, el nacionalismo latinoamericano fue en sus orígenes de fines del siglo diecinueve e inicios del veinte la expresión racional y al mismo tiempo la propuesta política de un sector de las elites ilustradas que expresaba la conjunción de las luchas y objetivos comunes y las diferenciaciones nacionales particulares. Adaptación de influencias filosóficas europeas a la realidad de un conjunto de países independientes pero que compartían una misma subordinación externa, ese nacionalismo fue inevitablemente regional.


La evidencia de que esa subordinación “externa” regional era vehiculizada por las elites criollas mejor articuladas a los poderes e intereses ultramarinos llevó inevitablemente a superar las limitaciones de un nacionalismo meramente cultural y lo metió de lleno en el terreno de las disputas políticas por el poder y el control de los recursos. La certidumbre empírica de la estrecha imbricación de “lo externo” y lo “interno” alimentó la conciencia de que la idea de Nación y la idea de Latinoamérica no tendrían sentido ni efectividad sin el cuestionamiento ideológico y práctico a esa dominación bifronte. La nación pudo así ser pensada, y practicada, como atributo del pueblo unificado en sus aspiraciones de libertad, igualdad y justicia y en las luchas emprendidas y a emprender para hacerlas realidad; para la creación y el sostenimiento de las condiciones de su posibilidad. 


Latinoamérica devino, así, Patria Grande, casa compartida creada y recreada cotidianamente en y por los empeños de todos quienes sabemos que sólo en una nación libre de imposiciones fácticas o seducciones espurias los individuos pueden llegar a serlo.  


La Patria Grande resurge hoy en los gobiernos democráticos que dan la pelea contra el neoliberalismo en los escenarios de crisis del capitalismo transnacional; contra las renovadas intentonas desestabilizadoras de los “poderes fácticos” de la concentración monopólica económica y mediática; en las grandes movilizaciones por los derechos humanos y el ambiente sano; en los esfuerzos por expandir la democracia más allá de sus fronteras liberales; en la extraordinaria proyección transcontinental de nuestras creaciones artísticas y literarias. En la conciencia compartida que somos hijos de esta misma tierra por más que originarios, resignificados o trasplantados por la necesidad del hambre y el desempleo del otro lado del mar o por la fuerza de los traficantes de carne humana. Sobre todo que desde esa diversidad de senderos cargados de dolor y sacrificios, pero también de esperanzas y tozudeces, somos uno en una Patria que es Grande no sólo, ni principalmente, por su geografía, sino por los alcances de sus convicciones y por sus aportes a lo mejor de la civilización global.

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