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Artículo originalmente publicado en La Ventana

Ante la presencia de su autor en la Sala Manuel Galich, el ensayista cubano Aurelio Alonso comentó a propósito del libro El poder y la política. El contrapunto entre razón y pasiones, del politólogo argentino Carlos María Vilas 

Por Aurelio Alonso 

Nos congrega hoy aquí el privilegio de tener entre nosotros al politólogo argentino Carlos María Vilas, uno de los pensadores más originales y consistentes de la ciencia social latinoamericana de nuestros días. Lo destaco en un momento en el cual vemos aflorar una nueva marea de estudios desde una izquierda cuyas preguntas y respuestas se colocan en la avanzada del pensamiento político, económico y social, al nivel del planeta. Una izquierda que se debate entre el rescate marxista y la superación los descalabros del socialismo del siglo XX, frente a una hegemonía imperial que se resiste a moderar sus rigores.

Vilas no es un nombre nuevo en el medio cubano. Es un amigo cercano, que ganó el premio Casa de las Américas en 1984, con su ensayo Perfiles de la Revolución Sandinista, que devino rápidamente uno de los estudios obligados para la comprensión de aquel importante acontecimiento revolucionario. Mantuvo una colaboración activa con el gobierno sandinista en los años 80 en las áreas de la educación, la planificación y el desarrollo regional y en el proceso de desarrollo institucional de las autonomías regionales en la Costa Atlántica. 

Vilas ostenta un nutrido currículo como investigador, profesor universitario, consultor internacional y funcionario público, en el cual no puedo detenerme ahora, pues estamos acá para comentar su libro más reciente, El poder y la política. El contrapunto entre razón y pasiones, que acaba de ver la luz editado por Biblos, en Buenos Aires, y del cual esperamos poder contar, en un futuro no lejano, con una edición al alcance del lector cubano. 

Como es habitual en Vilas, el título de la obra nos remite de manera directa al propósito y al contenido mismo. “Recuperar la política”, que la nebulosa neoliberal ha intentado enmascarar en nombre de la supuesta virtud del apoliticismo. La recuperación de la política pasa por volver a poner el tema del poder en el centro del análisis. Poder y política son conceptos muy relacionados, pero de ningún modo coextensivos. Nos encontramos tal vez ante el más ancestral de los debates en el terreno de la filosofía de la historia. Y al propio tiempo ante un tema de la mayor vigencia. Quien crea que todo ha sido dicho al respecto está perdido. Los desafíos que la práctica política ha puesto y pone en el orden del día latinoamericano (y en el sistema-mundo) dan testimonio de su actualidad. 

La obra de Vilas dedica los dos capítulos iniciales a descifrar los conceptos y su relación estrecha, y presentar, a través de ella, el leitmotiv del ensayo: poder y política. Define el poder como relación y objetivación de estructuras de dominación, y se detiene en sus características centrales, entre las cuales destaca la tendencia a la expansión y la tensión frente a fuerzas de contención. 

El poder solo puede ser aprendido como una relación que atraviesa a todos los planos de las relaciones humanas, desde la familia hasta el Estado. Recordemos que uno de los aportes centrales del descubrimiento marxista consistió en revelar la relación de poder tras toda la estructura de clases de la sociedad, que sus precursores y contemporáneos manejaban con criterios reduccionistas. A pesar de que fue expuesto con claridad en la obra más reproducida y citada de la tradición marxista (El manifiesto comunista) es algo que frecuentemente se pasa por alto en los análisis puntuales. Los vínculos que se forman entre explotación y dominación son esenciales en la comprensión del curso de los procesos históricos. 

Destaca Vilas la dinámica orientada a la expansión y la concentración, como inherente a la relación de poder. Cita en este sentido a Maquiavelo cuando afirma: “los hombres no parecen poseer con seguridad lo que tienen si no conquistan de nuevo algo más”. Creo importante igualmente la distinción de la intencionalidad y la efectividad como dos vertientes en el ejercicio del poder y el autor sugiere el análisis de las mismas en la aproximación al desarrollo gramsciano del concepto de hegemonía. La política se nos da como “práctica de organización y conducción social”, la cual no es sino la expresión del despliegue concentrado del poder. En un momento la caracteriza como “instrumento de elección de las opciones de poder”, dentro de una inevitable diversidad, siempre dinámica. Previene que las razones de la política “no son las del comercio y las de las religiones por más que muchas veces tienden a entremezclarse”. 

De hecho, no nos hallamos ante configuraciones constantes, inamovibles, unitarias, sino todo lo contrario. A la política le corresponden también de manera orgánica las dinámicas del conflicto y de su solución. “La política surge, nos dice, de la intersección del conflicto y el poder” y la conflictividad social es más amplia que la conflictividad política, y la contiene, dada la pluralidad de intereses que caracteriza a la vida social. Me permito recordar la relación entre diferencia y contradicción en La ciencia de la lógica de Hegel, y la susceptibilidad de las diferencias, a veces incluso en una panoplia compleja de diversidades, para devenir contradicciones, y una vez alcanzado este desarrollo, volverse definitorias. 

Después del tratamiento de los conceptos de poder y política, desarrolla, en el tercer capítulo, dos vertientes de la política, la una, asumida en el plano de la exclusión, la confrontación, la rivalidad, y la otra como proceso de deliberación entre iguales. Por la primera se extiende hasta la definición teórica del enemigo. Por la otra, para la filosofía deliberativa “la política es una interacción continua, a través de la cual los ciudadanos coordinan sus acciones y mitigan las incertidumbres inevitables en el ejercicio de la libertad”. Destaca el peso, en esta corriente, de Hanna Arendt, para quien “el pluralismo social debe ser excluido de la arena política porque el reconocimiento de desigualdades en el ámbito público conspira contra la libertad que tiene como condición a la igualdad”, y define la posición de Arendt como “un grito […] a favor de un mundo que ella quería diferente y mejor, pero un grito intransitivo en la medida en que imagina lo normativo como real y sustituye discursivamente este por aquel”. 

Seguidamente describe la construcción del adversario político, para lo cual parte del carácter contingente de la determinación del adversario, de la inexistencia de “adversarios esenciales”. Critica desde esta posición los riesgos del esencialismo al dar una connotación puntual a la rivalidad política. En los tres capítulos finales creo percibir una intersección de alcance contextual en la política, a través de los conceptos de tiempo, miedo y pasión (junto a otros que les son correlativos). En el primer caso desglosa el análisis de la política en el tiempo, que cubre el grueso del capítulo, del tiempo de la política, que lo cierra. Entre uno y otro incluye la crítica puntual de la tesis del “fin de la historia” cuya versión final Fukuyama trató infructuosamente de inmortalizar. 

Me pareció de particular interés el sexto capítulo, “Miedos y afectos”, por discernir, en tono polémico, en primer lugar, sobre el peso de la incertidumbre, y a continuación sobre el carisma, “la confianza política y el capital social”. El capítulo séptimo y final busca los vínculos de las pasiones con la política, y de las virtudes, razones e intereses, para desembocar en un epígrafe titulado “Fe y escepticismo”, que comienza en los términos siguientes: 

La consideración de estos asuntos tiene sentido porque en el centro de toda teoría política existe siempre, de manera más o menos elaborada, una antropología filosófica, una concepción, o por lo menos una idea fundacional de qué es y cómo es el ser humano… En realidad, creo que sería imposible recorrer las trescientas páginas del ensayo de Carlos M. Vilas en tan reducido lapso. Solo me he propuesto transmitir al lector alguna información y una motivación. Deseo añadir que la obra, como todas las del autor, ha sido realizada sobre una extraordinaria riqueza de fuentes, y con un tratamiento polémico que considero imprescindible en temas a los cuales tanta reflexión se ha dedicado. Desde los comienzos del libro el lector descubrirá el debate de Robert Dahl con Charles Wright Mills a raíz de la aparición de su notable ensayo La elite del poder, en 1957. Y a partir de allí encontraremos referencia a numerosos debates. 

Concluyo mis apreciaciones reiterando que creo que nos encontramos ante una obra indispensable y sumamente oportuna en los momentos de búsqueda y de reconstrucción, y de rescate de paradigmas, en los procesos vividos en la América Latina. 

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