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Carlos M. Vilas (*)


Esos son, me parece, los conceptos fundantes ayer, 7 de febrero, por la Presidenta de la Nación al Pueblo de la Patria, ante un auditorio representativo de todas sus vertientes. No hay Patria sin Pueblo, nos dice la Presidenta, y ésta no es simplemente una expresión retórica sino una verdad asentada en la historia y renovada permanentemente.

 

Al insistir en esa verdad, la Presidenta coloca la “cuestión Malvinas” en su correcta perspectiva: la relación causal entre el modo en que el operativo militar se llevó a cabo y sus secuelas que se arrastran hasta hoy, y la calidad política y moral de la dirigencia cívico-militar que la ejecutó. La subordinación de una reivindicación nacional a las urgencias impuestas a la dictadura por una coyuntura política.

 

La publicación del “Informe Rattenbach” habrá de hacer de conocimiento público el desmanejo estratégico, logístico y operativo de la aventura militar; el contraste entre la irresponsabilidad de los mandos y el heroísmo de unas tropas que, a pesar de carecer de entrenamiento, pertrechos, suministros y –sobre todo- conducción adecuada, cumplieron con valor y con honor su deber en la historia.

 

Las falencias no se explican, sin embargo, por asuntos técnicos del arte militar, sino por razones políticas y morales mucho más profundas. La guerra de Malvinas fue diseñada y ejecutada por una conducción de nuestras Fuerzas Armadas entrenada, a lo largo de décadas, en el planeamiento y ejecución de golpes militares, proscripciones, alzamientos y cuartelazos: 1955, 1962, 1966, 1976, 1987, 1988... y en infames “combates” contra prisioneros indefensos sometidos a tortura, violaciones, secuestros y desaparición. Una conducción que complementó la creatividad propia en esos menesteres con el asesoramiento de veteranos oficiales colonialistas franceses, derrotados en Argelia, golpistas contra De Gaulle.

 

El discurso de Cristina Fernández de Kirchner pone a las cosas en su lugar y destaca sus relaciones recíprocas: la justicia de la causa Malvinas, el heroísmo y el honor de nuestros soldados, la desastrosa organización y ejecución de la guerra; la incompetente diplomacia; sobre todo, la catadura ética y política de una conducción incapacitada, por eso mismo, a aspirar a otro tipo de resultados. Se explica entonces que tras la rendición pactada por generales que habían sido –y seguirían siéndolo unos años más- destacados represores, la causa de Malvinas se silenciara por años y nuestros veteranos abandonados a su propia suerte. Una conducción que convirtió al Pueblo en su enemigo mal podía hacerse cargo de la defensa de la Patria y de sus propios fracasos.

 

El decreto 200/2012 firmado el martes por nuestra Presidenta, y su magnífico discurso, explican con una claridad fruto de la firmeza de los principios por qué pasó lo que pasó, y sienta los grandes lineamientos del camino a recorrer: Malvinas es causa nacional, pero es también, y por eso mismo, causa latinoamericana y causa de todos los pueblos sometidos a situaciones coloniales.

 

Fuente: Agencia DyN, 8 de febrero 2012

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