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Por Sergio De Piero*

La ciencia política y la filosofía política se plantean recurrentemente -casi obligatoriamente diría-, el concepto de teoría política clásica. Incluso, creamos materias en nuestras carreras con esos nombres y desde luego se escriben textos sobre la temática. Este consenso, sin embargo, podría conducirnos a una pregunta ¿merecería la atención un corpus sobre teoría política no clásica? ¿Dónde terminaría la primera y donde comenzaría la segunda? ¿Cuáles serían las preocupaciones abandonadas y cuáles las nuevas? El libro aquí en cuestión no aborda esta preocupación de manera explícita, no es siquiera un objetivo planteado. Pero sí nos indica que las preocupaciones de la teoría política clásica, siguen siendo las nuestras. Adhiere a aquella premisa de Sheldon Wolin: en teoría política lo que importa no es la unicidad de las respuestas, sino la continuidad de las preocupaciones. Carlos Vilas encara este libro planteando los elementos centrales de la teoría política, cualquiera sean las conclusiones o argumentos a los que se quiera llegar; esto es: la política y el poder. Si bien no hay una intención de “recuperar” estos conceptos, la fuerza de las argumentaciones presentadas, la profundidad de los análisis, de las convergencias y de las tensiones entre los muy diversos autores trabajados, marcan un camino donde poder y política ocupan el espacio central. A partir de allí, la otra dimensión, y hasta ahora solo nos hemos detenido en el título, presenta un contrapunto que genera y explica buena parte de los debates políticos en particular en América Latina: la tensa relación entre razón y pasión. Como explica en sus páginas, podemos rastrear las preocupaciones por lidiar entre razón y pasión en los primeros teóricos políticos modernos, y continuar con esta “batalla” hasta nuestros días. ¿De qué otras cosas se habla sino cuando se plantea la cuestión del populismo y de las políticas de los actuales gobiernos de la región?
 
 
El libro no sólo es extenso en páginas, sino también en análisis y dimensiones. Toda reseña es por definición, una limitación de la obra. Hablaré aquí sólo de algunos aspectos que, de todos modos, me parecen centrales. 
 
Incluir entonces razón y pasión en el centro mismo del libro abre las puertas a un trabajo de dimensiones que el autor se anima a encarar y a completar. En este sentido es un libro general, pues hay pretensiones de responder las preguntas que señalé al inicio y otorgarle a su vez a la política esa capacidad explicativa sobre el orden social que no puede brindar otra disciplina: explicar el orden; no como pretensión normativa, sino acorde a un cambio de época que afecta estructuras e instituciones políticas básicas como el Estado o las clases sociales.
 
Ahora la cuestión es recorrer los aspectos centrales, las sendas por las cuales el autor desea transitar las explicaciones y los problemas del poder y la política. Sobre el poder -el concepto más caro a la ciencia política pero que no siempre ha sido abordado en su importancia y complejidad por la literatura- Carlos Vilas busca conjugar con equilibrio las preocupaciones históricas, estructurales si se quiere, propias de los debates del siglo XX, con las miradas más de carácter micro. No me parece que pretenda una síntesis entre macro y micro a la hora de analizar las relaciones de poder; en todo caso quiere alertar que una mirada no debería invalidar la otra. Inicia el libro refiriéndose a la naturaleza del poder pero, capítulos más adelante, nos invita a sumergirnos en los miedos y los afectos. En primer lugar, retomando a Hobbes o a Weber, nos recuerda que la obediencia está sustentada en última instancia en el temor aunque ello implique un dato chocante. Sin embargo, con todos los recursos del que el terror es capaz de desplegar, no hay régimen -por caso, la dictadura sufrida en nuestro país-, que pueda asentarse exclusivamente en el miedo. Todo poder debe generar mecanismos de consenso, en particular, desde luego, con las clases dominantes. E incluso un dato más revelador: el miedo que puede ser fuente de políticas que otorguen a las autoridades mayores poderes discrecionales (por temor a ellas mismas, se le avala que aumenten su poder) puede ser también la génesis de una rebelión: “…en otras situaciones el miedo puede alimentar desobediencia y rebelión. Esto es particularmente así cuando el poder político es percibido como el productor o avalador de los factores de inseguridad, o es visto como ineficaz en la provisión de seguridad” (p. 220). ¿Cuántas “puebladas” hemos visto en nuestro país en los últimos años, fuentes de la furia desatada por hechos de inseguridad urbana? ¿Cuántas paradojas se encierran en esos hechos que el sistema político tiene problemas en procesar? Es, argumenta el autor, el “miedo al miedo”.
 
Pero no sólo existe miedo; también encontramos afecto. Recordando a Aristóteles, Vilas recupera aquella idea respecto a la cual es bueno mencionar que la Pólis no es sólo una instancia de dominación, sino un espacio de encuentro, un lugar de desarrollo de la justicia y la virtud ciudadana. Y en ese escenario, se despliegan también relaciones de afecto con los líderes políticos que no derivan necesariamente en relaciones de paternalismo o incluso de fascismo, como livianamente suele presentarse. En su indagación al respecto incluye no sólo el planteo weberiano acerca de los rasgos carismáticos en la legitimación del poder, sino en el peso que los afectos tuvieron durante siglos en la conformación del poder de los grandes o pequeños reinos e imperios: las familias a cargo del poder estatal. Las casas reales: ¿no contaban acaso con los afectos de padres e hijos en el mantenimiento del poder? Afecto que, desde luego, no excluían tensiones y traiciones. Baste decir, entonces, que cierto racionalismo, hoy día el neoinstitucionalismo sostiene el autor, asegura que nuestra región vive una baja calidad institucional por la persistencia de redes informales articuladas en parte por esas relaciones que implican el afecto. Esas explicaciones siguen ancladas en las que ya había establecido Gino Germani respecto de la persistencia de sociedades tradicionales. Estas miradas rígidas sobre proceso de sociología política más compleja impiden ver y comprender la política de la región. Al respecto, pensemos categorías de análisis que expliquen estos fenómenos políticos, antes que se limiten a juzgarlos, sugiere Vilas.
 
Una última referencia, específica en este caso al capítulo V: Tiempo y Política. La argumentación inicial del capítulo, concluye en la importancia para todo líder político del manejo de los tiempos: la dilación y el apresuramiento pueden convertirse en dos enemigos definitivos y que acaben con un liderazgo o un movimiento político que despierta adhesiones. Todo poder busca, además de conducir un proceso de dominación, ordenar el tiempo, esto es, pasado, presente y futuro, en algún sentido que guarda internamente alguna coherencia.: “las representaciones del tiempo se convirtieron en ideologías” (p. 202). El positivismo clamó, en nombre del futuro, desplegar un tipo de orientación política que llevaría a un éxito final. Los movimientos restauradores, en los que deben incluirse los nacionalismos extremos, lo hicieron en nombre del pasado. Pero no es necesario apelar a manifestaciones algo extremas para comprobar como, el juego pasado-presente-futuro, “se hace carne” en las argumentaciones políticas de distinto cuño. Incluso, Vilas se distancia de quienes achacan con énfasis al pasado las consecuencias del presente. Es el error de observar al pasado exclusivamente como restricción (por caso, pensando en los condicionamientos que impondrían a la política actual las reformas de los ’90). De allí que quise mencionar en primer lugar el cierre del capítulo: los liderazgos políticos que imprimen un sello en la historia son justamente quienes logran articulaciones nuevas, no absolutas, en esa relación del tiempo histórico, y en particular, si logran leer “correctamente” su desarrollo. Valga la cita de Perón, que nos trae Vilas: “Los políticos apresurados son políticos fracasados” (p. 212).
 
Política y poder, de eso, de todo eso, habla este libro. De conceptos tan complejos de abarcar, pero que el autor logra interpelarlos, construyendo caminos que se cruzan, no sólo en términos analíticos, sino con las interrogantes del poder y la política que vivimos en nuestros días. De allí su mejor riqueza.
 
 
 
* Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Magíster en Ciencia Política y Sociología
de FLACSO Sede académica Argentina. Doctorando de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ).

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